En una ciudad en penumbras, donde la desolación es compañía y el olvido la única respuesta, la incertidumbre no perdona cuando las puertas del peligro se abren ante vos. Es entonces cuando uno anhela un héroe que lo saque del apuro, con capa roja y mallitas ajustadas, poniendo fin al temor de sentirse desprotegido. Pero no, acá no hay leotardos de colores ni multimillonarios con acceso a tecnología militar. Porque este artículo no habla inglés: habla lunfardo, con actitud de malevo y compás de tango. Y te lo digo así, inflando el pecho con un orgullo y coronado de gloria, que ese héroe que buscás es argentino. Y en este lugar lo vas a encontrar. Desde lo clásico a lo absurdo, hasta lo lúdico a lo salvaje, te traemos una selección de nueve cómics de industria nacional que merecen tu lectura y, sobre todo, tu respeto. Sin tantas vueltas, dejemos que la magia se cuente sola y arranquemos.
El Eternauta (1957)
En un chalet de Vicente López. Cuatro amigos juegan al truco. De repente, una nevada fluorescente y tóxica comienza a caer sobre Buenos Aires, matando al instante a cualquiera que la toque. Así arranca una de las narraciones más impactantes y consagradas de Héctor Germán Oesterheld, publicada desde el 4 de septiembre de 1957 en el Suplemento Semanal Hora Cero de la Editorial Frontera, fundada por el propio autor. Tanto peso tuvo esa fecha en Argentina que se declaró el Día de la Historieta en su honor.
La genialidad de Oesterheld fue romper con el molde del cómic estadounidense. Su protagonista, Juan Salvo, no es un superhéroe con poderes, sino un hombre común, fabricante de transformadores, que sobrevive con un traje improvisado. La fuerza no está en un mesías individual, sino en el grupo humano: el obrero Franco, el físico Favalli y tantos otros que cooperan para resistir. La ciencia ficción se instaló en el patio de casa, las batallas se libran en escenarios reconocibles como la Avenida General Paz, la Plaza Italia, la estación de subte Congreso y, la más emblemática, el estadio de River Plate.
En 1969, Oesterheld reescribió la historia para la revista Gente, esta vez acompañado por el arte experimental de Alberto Breccia. Esa versión, cargada de un tono político y antiimperialista, donde las superpotencias entregaban Sudamérica a los alienígenas para salvarse ellas mismas, incomodó tanto a la editorial que fue recortada e interrumpida abruptamente.
¿Sabías que…?
La narración se construye como un bucle temporal, Juan Salvo aparece en la oficina de Oesterheld en 1957 para contarle la invasión que ocurrirá en el futuro, convirtiendo al propio guionista en personaje de su obra.
Mort Cinder (1962)
De la pluma inquieta de Héctor Germán Oesterheld y el pincel revolucionario del charrúa Alberto Breccia nació Mort Cinder, una historieta que no habla de reyes ni de héroes invencibles, sino de un hombre común condenado a morir y resucitar a lo largo de los siglos. La serie debutó en 1962 en la revista Misterix de Editorial Abril, con el prólogo Ezra Winston, el anticuario. Poco después apareció Mort Cinder en carne y hueso, y durante dos años (hasta 1964) se desplegaron diez historias que lo llevaron desde la Torre de Babel hasta las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Sin un orden cronológico, era un viaje errático por la memoria de la humanidad.
Breccia rompió todos los moldes gráficos. Su blanco y negro radical, influenciado por el expresionismo alemán y el cine negro, se volvió un laboratorio visual. Usaba múltiples técnicas para crear texturas densas, lúgubres y opresivas que aportaban a la trama.
El legado de Mort Cinder trascendió las páginas. Autores como Frank Miller reconocieron que el manejo de las sombras de Breccia influyó directamente en obras como Sin City, y lo considera como uno de sus mentores.
¿Sabías que…?
Breccia no inventó las caras de sus protagonistas, las tomó de la vida real. Para Mort Cinder usó el rostro de su joven amigo y ayudante Horacio Lalia, que años después también se convertiría en un dibujante reconocido.
Nippur de Lagash (1967)
En la antigua Mesopotamia, nació uno de los héroes más singulares de la historieta argentina: Nippur de Lagash. Creado por el prolífico guionista paraguayo Robin Wood y dibujado por Lucho Olivera, debutó en 1967 en la revista D’Artagnan de la legendaria Editorial Columba. Desde entonces, y durante más de tres décadas, se convirtió en un clásico absoluto, con historias que se publicaron de manera ininterrumpida hasta 1998.
Nippur era un general exiliado que se transformaba en “El Errante”, un caminante solitario que recorría el mundo antiguo viviendo aventuras, defendiendo a los débiles y reflexionando sobre la condición humana. A diferencia de los héroes invencibles, Nippur envejecía, sufría heridas que dejaban marcas, dudaba de su moral y sentía miedo. Robin Wood le dio un realismo psicológico inédito para la época, con textos que eran verdaderos poemas narrativos, cargados de densidad literaria.
La genialidad de la obra fue mostrar que un personaje podía crecer junto con sus lectores. A lo largo de 31 años, Nippur evolucionó como historia y como personaje: cambió de escenarios, se enfrentó a nuevos dilemas y envejeció junto con las páginas, convirtiéndose en un espejo de la vida misma.
¿Sabías que…?
El éxito de Nippur de Lagash fue tal que se convirtió en uno de los personajes más longevo de la Editorial Columba y en uno de los íconos indiscutibles de la historieta argentina. Su figura trascendió generaciones, siendo recordado como el héroe que caminaba sin patria, pero con un código moral inquebrantable.
Alvar Mayor (1977)
Cuando decimos Carlos Trillo, no tiembla la voz al decir que hablamos de una eminencia de la historieta argentina. Y si juntamos su pluma con el talento gráfico de Enrique Breccia, el resultado es Alvar Mayor, una obra que nació en 1977 en la revista Skorpio de Ediciones Récord y se convirtió en un clásico exportado al mundo.
La historia se sitúa en la Sudamérica del siglo XVI, en plena conquista española. Alvar Mayor es un mestizo, hijo de uno de los primeros hombres que llegaron al continente. Conoce la tierra y las culturas nativas como nadie, y trabaja como guía para colonos, buscadores de oro y aventureros que persiguen mitos imposibles. Pero él no busca riquezas ni gloria, es un hombre melancólico, pragmático y con un código ético estricto. Acompaña a los hombres en sus delirios de grandeza solo para ver cómo la geografía salvaje y sus propias ambiciones los terminan destruyendo.
Trillo desdibujó las fronteras entre historia y fantasía. En los caminos de Alvar Mayor se cruzan cartógrafos reales y soldados corruptos, pero también dioses indígenas olvidados, fantasmas guardianes de tesoros, brujos y ciudades fantásticas que aparecen y desaparecen en la selva. La obra tiene una vibra literaria que recuerda a Borges y García Márquez, con un tono poético que la distingue dentro del cómic argentino. Si en Mort Cinder Alberto Breccia revolucionó el dibujo, en Alvar Mayor su hijo Enrique alcanzó una madurez absoluta. Su estilo es detallista, orgánico y barroco, con pampas interminables, selvas opresivas y un uso expresivo de las sombras que capturan la atmósfera de un continente inmenso, misterioso y hostil.
¿Sabías que…?
Alvar Mayor fue un éxito rotundo de exportación. Mientras en Argentina sufría los vaivenes de las crisis editoriales, en Europa (especialmente en Italia y Francia) se convirtió en una pieza de culto. Críticos y lectores quedaron fascinados con esta deconstrucción poética de la mitología de la conquista americana.
Bárbara (1979)
Entre las páginas de la irreverente revista Humor Registrado apareció en 1979 una joya de la ciencia ficción argentina: Bárbara, fruto de la imaginación de Ricardo Barreiro y el trazo inconfundible de Juan Zanotto. La historia nos sitúa en un futuro lejano, donde la Tierra fue devastada por invasiones alienígenas y catástrofes climáticas. Buenos Aires quedó sumergida bajo una selva impenetrable, y la humanidad retrocedió a un estado tribal. En ese escenario emerge Bárbara, una joven guerrera que, tras ser exiliada por desafiar los tabúes religiosos impuestos por sacerdotes corruptos, inicia un viaje de supervivencia. En su camino descubre los restos de un pasado tecnológico olvidado y enfrenta monstruos mutantes, tribus hostiles y verdades incómodas sobre la civilización perdida.
Mucho antes de que Hollywood redefiniera el rol femenino en la acción con personajes como Ripley (Alien) o Sarah Connor (Terminator), Barreiro y Zanotto dieron vida a una protagonista que rompía esquemas. Bárbara no era una damisela en apuros, sino una líder nata, letal con las armas, inteligente y cargada de sensualidad y determinación. El dibujo de Zanotto fue el alma de la obra, cargada de maquinaria retrofuturista, paisajes selváticos, anatomías estilizadas y ruinas devoradas por la vegetación que aún hoy impactan por su modernidad visual.
¿Sabías que…?
Bárbara comenzó a publicarse en 1979, el mismo año en que se estrenó la primera película de Mad Max. Ambas obras capturaron la paranoia de fines de los 70 sobre el colapso de la civilización y el nacimiento de héroes solitarios en mundos salvajes y desérticos.
Cybersix (1991)
Si te pregunto qué es lo esencial para vivir, la respuesta puede ser tan simple como un buen mate… o tan compleja como un poco de ciencia ficción cyberpunk con sello argentino. Y ahí aparece Cybersix, creación de Carlos Trillo y Carlos Meglia, que debutó en 1991 en Italia en la revista Skorpio de Eura Editoriale, antes de conquistar las páginas locales.
La historia arranca con un científico sádico, Von Reichter, que en su laboratorio sudamericano crea una serie de androides orgánicos con superpoderes: la “Serie Cyber”. Al ver que desarrollan libre albedrío, ordena exterminarlos. La única sobreviviente es Cybersix, la número 6, que logra escapar y refugiarse en la ficticia ciudad de Meridiana. De día se oculta bajo la identidad de Adrián Seidelman, un tímido profesor de literatura; de noche, enfundada en cuero negro y con capa interminable, lucha contra los monstruos clonados de su creador mientras busca el líquido vital que le permite sobrevivir.
Uno de los aspectos más vanguardistas de la obra fue el manejo de la identidad y el género. Trillo construyó un personaje complejo, dividido entre dos mundos y dos vidas. Meglia, por su parte, rompió con el realismo tradicional de la historieta argentina: su trazo elástico, exagerado y heredero del cartoon se mezclaba con una estética gótica cargada de sensualidad y oscuridad.
El éxito fue arrollador. En Argentina tuvo su propia revista mensual publicada por El Globo Editor, y pronto trascendió al audiovisual. En 1995 se estrenó una serie live-action protagonizada por Carolina Peleritti, y en 1999 llegó la adaptación animada canadiense-japonesa producida por TMS Entertainment, el mismo estudio detrás de Akira y Batman: The Animated Series. Esa versión televisiva ganó fanáticos en todo el mundo y consolidó a Cybersix como uno de los cómics nacionales con más impacto global.
¿Sabías que…?
Años después, el director James Cameron lanzó la serie Dark Angel (2000), protagonizada por Jessica Alba, con una premisa sospechosamente similar: una joven diseñada genéticamente en un laboratorio militar que escapa, oculta su identidad y posee habilidades extraordinarias. Trillo y Meglia iniciaron acciones legales por plagio contra Cameron, un reclamo que terminó sin resolución.
El Cazador de Aventuras (1992)
Irreverente, absurdo, violento y bizarro… todo eso, en el mejor sentido, es El Cazador de Aventuras. Creado por Jorge Lucas junto a Claudio Ramírez, Mauro Cascioli y Renato Cascioli, debutó en 1992 bajo el sello independiente Arkham y luego pasó a la legendaria Ediciones de la Urraca. Se convirtió en el cómic nacional más vendido de la década de los 90, un verdadero fenómeno editorial. El Cazador no es un héroe, es un bruto. Nacido en el siglo XVI como un conquistador alemán desquiciado, llegó al Río de la Plata para arrasar con todo. Capturado por una tribu, fue marcado con una cruz invertida en la frente y condenado a la inmortalidad. Siglos después, vive en Buenos Aires, fanático de los vicios y las mujeres, convertido en el antihéroe nacional por excelencia.
Jorge Lucas lo pensó como una parodia de los antihéroes ultra-violentos de los 90 estadounidenses, como Lobo de DC o Wolverine de Marvel. Pero acá el concepto se llevó al extremo rioplatense. Indestructible, inmoral, resolviendo todo a trompadas o con armas gigantescas, y hablando en lunfardo. Detrás del humor escatológico y las tripas, había un nivel artístico descomunal. Las portadas pintadas a mano por Mauro Cascioli y el equipo, con acrílicos y óleos, parecían obras de arte clásico, generando un contraste brutal entre la “alta calidad visual” y el “contenido ultra-bizarro” del guion.
¿Sabías que…?
Tras años de esfuerzo autogestivo y gracias al apoyo de los seguidores, en 2019 se estrenó Cazador, la película, un largometraje independiente codirigido por Georgina Zanardi y Marcelo Leguiza. El protagonista fue interpretado por Luis María Montanari, acompañado por figuras de culto como la banda Asspera, que aportó su impronta metalera al proyecto.
Animal Urbano (1993)
En los noventa, cuando la historieta argentina buscaba sobrevivir ante la crisis editorial, apareció un monstruo que no venía de accidentes científicos ni de experimentos militares, sino de las heridas abiertas de la historia nacional. Ese monstruo fue Animal Urbano, creado por Tato Dabat, con guion definitivo de Guillermo Grillo y dibujo de Edu Molina, discípulo del maestro Alberto Breccia. El primer número salió en 1993 en Furor Historietas. Luego pasó por la Editorial Imaginador y finalmente fue autoeditado por sus propios autores bajo el sello Animal Comics, hasta cerrar su etapa clásica en 2001. Fue un verdadero sobreviviente editorial, manteniéndose vivo en un contexto adverso.
El protagonista es Juan Aníbal García, un obrero portuario secuestrado en los años 70 y arrojado al Riachuelo. En lugar de morir, la contaminación tóxica lo transformó en un ser mutante, un gigante mudo, gris y ultrapoderoso, con recuerdos fragmentados de su vida pasada. Décadas después, emerge en el conurbano bonaerense, escondido en una casilla precaria, convertido en un símbolo de bronca y resistencia. El estilo de Edu Molina fue clave, influenciado por lo aprendido junto a su maestro Alberto Breccia, y adaptado al barro del Gran Buenos Aires. Viñetas en blanco y negro profundo, texturas densas, lluvia, asfalto roto y monoblocks suburbanos crearon una atmósfera asfixiante y poética. Críticos destacan que la violencia y furia del monstruo funcionaron como un termómetro social adelantado, anticipando el estallido de 2001.
Anita, la hija del verdugo (1999)
En los últimos estertores de los años 90, cuando la historieta independiente argentina buscaba nuevos íconos, apareció Anita, la hija del verdugo. Creada por Gabriel Bobillo y Juan Bobillo, con tintas de Marcelo Sosa y color de Néstor Pereyra, debutó en la revista Ultra y rápidamente se convirtió en una obra de culto.
La protagonista es Anita Petrone, una adolescente común que descubre una herencia insólita, su padre, Don Petrarca Petrone, fue el verdugo oficial del Infierno. Al incumplir sus deberes devorando las cabezas mutantes que debía ejecutar, los duendes del purgatorio condenan a Anita a saldar la deuda. Así, debe cargar con un hacha gigante y decapitar mutantes hasta que el peso de las cabezas iguale el de su progenitor. Acompañada por Buchón, un caballo-androide rastreador de mutantes, enfrenta criaturas grotescas en escenarios urbanos argentinos, mezclando lo cotidiano con lo infernal.
El estilo de Juan Bobillo es grotesco y expresivo, con un tono irreverente que combina humor negro y estética fantástica. Los demonios hablaban en porteño y las situaciones terroríficas se resolvían con ingenio y “atado con alambre”, reflejando la idiosincrasia local.
Conclusión
En criollas palabras, la historieta argentina es raíz, memoria y esa viveza que nos corre por las venas. No se trata de competir ni de medir quién es mejor o peor, sino de valorar lo nuestro, de descubrir en esas páginas lo que no sabías que estabas buscando, como cuando encontrás un tesoro olvidado en el mismo cajón donde guardás las medias.
Con el águila guerrera marcada a fuego en el corazón, damos vuelta la página con orgullo. Porque estos héroes (clásicos, absurdos, lúdicos o salvajes) son parte de nuestra identidad cultural, y cada viñeta es un espejo de lo que somos. Hasta que nos volvamos a cruzar en el próximo artículo, quedate con esta certeza: la historieta argentina no necesita traducción, porque habla en lunfardo, respira tango y se defiende sola.
···
Por Nick¿Argentinidad al palo? Este artículo de revistas argentinas es para vos. ¡No te quedes afuera! Subscríbete y mantente al día de todas las novedades.